¿Qué es la procrastinación? Dices mientras clavas en mi texto tu atención… difícil comenzar de un modo original un artículo sobre procrastinación, dada la popularización que ha tenido este término en los últimos tiempos. Desde hace unos años, se utiliza habitualmente el término procrastinar para dar nombre a la acción o el hábito de postergar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras más irrelevantes o agradables, y se ha convertido en uno de los más escuchados en temas de productividad.

Una de las razones de su popularización es porque a todo el mundo nos afecta en mayor o menor medida. Ocasionalmente es algo normal sufrirla, pero hay personas especialistas en postergar, aquellas que se comportan así de manera continuada porque creen que el día de mañana será más adecuado para llevar a cabo una o varias tareas que tienen pendientes. Esto les provoca una sensación de caos, de no poder llegar a todo y de frustración debido a la acumulación de tareas pendientes. También produce sentimientos de insatisfacción, inseguridad, inferioridad y estancamiento. Como consecuencia, además, se termina perdiendo la confianza y el respeto de las personas con las que se relacionan.

Si profundizamos un poco, la neuropsicología trata de explicar la procrastinación como un acto natural motivado por el sistema límbico. Este, entre otras cosas, controla el llamado “sistema de recompensa” que regula la producción de dopamina según el estímulo (una conversación agradable, una bonita imagen, un video gracioso…) que recibimos. Este neurotransmisor es el encargado, explicado de modo general, de dar la sensación de felicidad y gratificación.

En concreto, en la procrastinación nos “recompensa” a la hora de hacer tareas que nos apetecen más o que resultan menos desagradables. Esta acción puede volverse “adictiva”, de manera que comenzamos un ciclo de procrastinación del que es muy difícil salir: percibes ansiedad o incomodidad frente a “la tarea” que sabes que tienes que hacer; como reacción lógica, tu cerebro busca aliviar esa sensación con alguna otra tarea, por eso te vuelves sumamente capaz en otras actividades (que no son prioridad en ese momento); tu cerebro almacena “la tarea”  como dolorosa y busca más distracciones o alguna razón lógica que explique por qué pospusiste. Aparecen en ese momento todas las excusas reconfortantes: “mañana será otro día”, “era muy importante contestar ese correo”, “la reunión era inevitable”, etc. Cuando vuelves a recordar esa tarea pendiente que procrastinaste en un inicio, te genera culpa o remordimiento y vuelves al punto de partida.

Un estudio llevado a cabo por investigadores de diferentes entidades alemanas ha pretendido dar algunos datos concretos. El trabajo contó con la colaboración de más de 2.500 personas. Se les aplicó un cuestionario sobre procrastinación y también otras escalas de estrés, depresión, ansiedad, fatiga y satisfacción con la vida, con el objetivo de analizar las relaciones entre el hábito de posponer las obligaciones y el bienestar general a través de todas las variables anteriores. Los resultados fueron publicados en la revista PLoS ONE (2016) y han mostrado que, de forma general, no parece que quienes procrastinan disfruten de un mayor bienestar en comparación con quienes demoran menos sus tareas y actividades. Se comprobó que se relacionaba con mayor estrés, más problemas de ansiedad y depresión, y mayor fatiga. Además, en contra de lo que podría parecer más natural, la procrastinación se relacionó con una menor satisfacción con la vida, concretamente con aspectos como el trabajo y el salario.

Así, las evidencias asocian comportamientos relacionados con la procrastinación con: baja autoestima, déficit en autoconfianza, déficit de autocontrol, depresión, comportamientos de desorganización y, en algunos casos, perfeccionismo, impulsividad disfuncional y ansiedad.

Por tanto, si mantener la procrastinación como hábito en nuestro día a día no es nada recomendable, ¿qué podemos hacer para evitar procrastinar?

  1. Potenciar tu autoconocimiento, ser más conscientes que lo hacemos y en qué ámbitos de nuestra vida lo hacemos.
  2. Comprender por qué lo hacemos: ¿Nos dejamos llevar por las conductas que impulsan nuestras emociones negativas y evitamos? ¿Es nuestra forma de afrontarlas? ¿No nos organizamos? ¿No toleramos el malestar?
  3. Practicar mindfulness. Esta técnica, que te ayuda a concentrarte en el momento presente, te beneficiará para que tu mente se centre en una sola tarea, evitando estar haciendo varias cosas a la vez.
  4. Aplicar la regla de los dos minutos. Es muy simple: si la próxima tarea puedes hacerla en dos minutos o menos hazla ya, aunque no sea urgente o prioritaria. Quítatela de encima.
  5. Dividir las tareas complejas en otras más sencillas. Como dice el chiste, la mejor manera de comerse un elefante es a bocados.
  6. Si falta organización en tu vida o en el trabajo, dedica un tiempo para pararte a organizar, diferenciar lo urgente de lo importante y de lo que puede esperar.
  7. Fijar plazos inaplazables. Autoimponte fechas límite y convéncete de que son improrrogables. Si no tienes una fecha definida, todo se diluye, se vuelve abstracto en nuestra mente y corres el riesgo de “dejarlo para más tarde” sine die.
  8. También puedes buscar formación en la que profundizar sobre el tema de la procrastinación como: “¿Vas a seguir procrastinando o te vas a apuntar al curso?” que se realizará el 12 de septiembre en Talentix.
  9. Y por supuesto, deja de leer artículos y ponte a trabajar.

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